Como
si se desprendieran
de
manos diferentes,
cae
la lluvia,
cae
la tarde.
Son
mundos,
seres
que se besan,
que
se cruzan,
se
cosquillean incluso,
a
veces tímidamente.
Se
alían cómplices
y
entonces nos engañan,
se
visten con el mismo traje gris,
y
sentimos un hálito
atemporal
en los oídos.
Un
horizonte desdibujado
nos
persigue tembloroso,
nos
observa,
docenas
de rostros,
de
paisajes nos contemplan
desde
el cristal,
cuchicheando
o alardeando
ante
los sueños
que
se enredan en las pestañas.
La
lluvia,
la
tarde,
se
desprenden de distintas manos
para
confluir en un punto
que
nos muestra la huída,
se
vuelven rebeldes con los ciclos
que
los llevan.
Se
escapan para atropellarnos,
apelarnos
de alguna manera
colándose
por la piel,
rodeando
el alma
hasta
hacerla aprender
el
valor de un suspiro.
Una
forma de marcarla
que
nos hace fragua
de
sus intenciones.
Una
tarde,
puede
que mientras
permanezcamos
adormecidos
en
un rincón,
en
un momento
arrebatado
por ella,
la
lluvia llamará
a
nuestra ventana.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario