sábado, 23 de marzo de 2013

Una tarde de lluvia



Como si se desprendieran
de manos diferentes,
cae la lluvia,
cae la tarde.
Son mundos,
seres que se besan,
que se cruzan,
se cosquillean incluso,
a veces tímidamente.
Se alían cómplices
y entonces nos engañan,
se visten con el mismo traje gris,
y sentimos un hálito
atemporal en los oídos.
Un horizonte desdibujado
nos persigue tembloroso,
nos observa,
docenas de rostros,
de paisajes nos contemplan
desde el cristal,
cuchicheando o alardeando
ante los sueños
que se enredan en las pestañas.

La lluvia,
la tarde,
se desprenden de distintas manos
para confluir en un punto
que nos muestra la huída,
se vuelven rebeldes con los ciclos
que los llevan.
Se escapan para atropellarnos,
apelarnos de alguna manera
colándose por la piel,
rodeando el alma
hasta hacerla aprender
el valor de un suspiro.
Una forma de marcarla
que nos hace fragua
de sus intenciones.

Una tarde,
puede que mientras
permanezcamos adormecidos
en un rincón,
en un momento
arrebatado por ella,
la lluvia llamará
a nuestra ventana.

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