Miedos, visten
miedos.
Se mezclan con los
dedos,
los cortejan y se
granjean
sus favores.
Cubren malamente los equívocos
en hurtos de
realidades.
Se vuelven blancas,
deslumbran, se alzan
sobre las nubes y es
entonces
cuando nada las oculta.
Se alzan como soles,
emblemas de triunfo y
sueños.
Llevan temores,
los esconden.
Se vuelven espejos,
reflejos entumecidos,
embebidos ante la
imagen asomada.
Son paraísos perdidos
que cabalgan entre
brumas carroñeras
de cada palmo de suelo,
que devoran dimensiones
entre partículas de
polvo
y viento.
Qué esconden esos
sonidos
mágicos, que hablan
hasta en silencio.
Que escuchan a las
manos
y se ocultan o se
escapan en miradas
que las vuelven
carceleras,
que apresan una
sinapsis entre sueños imaginados
como deseos de alcoba
atrapando interrogantes.
Son el fruto de todas
las miríadas
que yacen en los
incontables recovecos
de cada paso.
En los desheredados de
rostro marmóreo
que guardan un tesoro
como matrioska
centinela
que el olvido no
arrebata.
Preguntas
Qué esconden estos
glifos
más allá del ornato,
navegantes entre
respuestas,
comensales selectas a
una mesa
que cuestiona los manjares.
Son migas, farolillos
en un sendero
que amamantan útiles
encubiertos
en quebradas
hornacinas,
bucles en parpadeos
asomados.
¿Qué esconden las
palabras?,
no lo ves,
eres tú, soy yo
y
cada conciencia desperdigada.
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